Del catapulteo a la encrucijada. Acerca de los Salones de Arte Cubano Contemporáneo*

#by yudinela ortega

Por el arte ha de hablar el arte; sus médiums, que lo hagan después.(1)

Los Salones de Arte Cubano Contemporáneo forman parte indiscutible del continuum de la tradición en las artes visuales. Constituyen uno de los referentes importantes como difusores de las obras de nuestros creadores, especialmente de formas expresivas que han marcado su impronta desde mediados de la década del noventa hasta lo que ha transcurrido del siglo XXI.(2)


Recuerdo la primera vez que escuché hablar acerca de los Salones de Arte Cubano Contemporáneo, fue en el año 2008, sentada precisamente junto a la puerta que descubre la pequeña salita del mezzanine del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.(3) Estábamos casi cincuenta muchachos hacinados en aquel espacio, primer año de la carrera de Historia del Arte. Neófita, sin contacto anterior con los temas que atañían a mi especialidad, me inicié en el recorrido por los salones. 1, 2, 3, 4 y cual columna infinita de medios, por fin el quinto. Un atolladero informativo de gestos, posturas, voluntades… Pero era crucial que los nuevos estudiantes vivieran la experiencia, reconocieran las vertientes por las que discurría el arte cubano más actuante. Así, de golpe, supe de la existencia de un evento que ha contenido todo tipo de prácticas, que ha fluctuado entre la acritud y el desacato, que ha servido de trampolín a varias generaciones de artistas y que llega en este 2014 a su sexta edición.

Historiar sobre los salones en nuestro país y lo que han significado en el contexto de las artes visuales, supondría un escrutinio que explícitamente no es la intención de esta autora. Me interesan la vertiente polémica, el rigor circunstancial, la vocación gestora, actitudes que forman parte de las expectativas con las que esporádicamente se espera la ocurrencia de un salón de arte. Remontarse a 1995 pudiera traer evocaciones sobre el estado de la plástica nacional, un momento en el cual resultaba decisivo el nacimiento de alternativas de gestión y visibilidad, que dieran al traste con la letanía inmóvil de un proceso que en términos de promoción, se hacía trunco. La Bienal de La Habana se alzaba desde hacía casi una década, como el único evento que permitía el asomo de los de adentro; otros certámenes, como los Salones Provinciales de Artes Plásticas y más tarde el Salón de Premiados, coadyuvaron a la divulgación –en el marco nacional- de producciones deudoras de los ochenta y noventa respectivamente.

Con el I Salón de Arte Cubano Contemporáneo germinaron una serie de cuestionamientos que indujeron a la búsqueda de noveles producciones. Se llevó a cabo un proceso de actualización que redirigía la mirada hacia la Academia. Las coyunturas propiciaron una altivez en las propuestas que desde el ISA y otros centros educativos del país no habían sido sondeadas con anterioridad, con la intención de organizar una suerte de almacén, de inventario que brindara resultados concretos con respecto a los discursos, las corrientes y las manifestaciones que apuntalaban el nuevo hacer. Y realmente fueron descubiertos nombres como los de Armando Mariño, Franklin Álvarez, Juan Carlos Alom, Kadir López, Sandra Ramos y Luis Gómez, protagonistas de una renovación tanto plástica como social y que se erigieron entonces,  figuras descollantes dentro de lo más prolífero de la cosecha noventiana. Fértiles y divergentes fueron los tópicos que encarnó aquel primer salón: la religión, la historia, la emigración, el cuerpo como continente de expresiones, etc. Lo pictórico se decantó como práctica renovada que en las condiciones imperantes, respondía a una voluntad por sosegar tanto enmarañamiento insular. Se tornó el  cauce más agudo para  sintetizar la convergencia de estamentos complexos y la magnitud con que las proposiciones del Salón incidieron en aquellas coyunturas, que en palabras de Rufo Caballero, propiciaron la conexión de tres constantes del arte cubano: el embozo tropológico como escudo conceptual y resorte de complejización estructural; la apelación a los géneros tradicionales en calidad de pre-textos oblicuos, coartadas fantasmales o subterfugios metonímicos para hacer discurrir el discurso ético, que continúa la línea de reflexión social afianzada  en los ochenta y la tendencia general a la intelectualización referativa de la visualidad en un intento por densificar la propuesta artística más allá de la catálisis coyuntural.(4)

Al remembrar cada uno de los pasajes de nuestro salonismo contemporáneo, concuerdo con varios críticos en que sentó un precedente que no ha sido superado a conciencia en fechas posteriores. Es posible que a grandes rasgos, quede diluida la trascendencia de este evento iniciático, puede ser que pierda un poco de vista que se erró al premiar una que otra obra, que la selección de piezas no fue inmejorable. Pero no pasa nada, no colapsaría la aprehensión orgánica de encuentros como este, porque al apostar por la legitimidad de esta suerte de fenómenos eventuales, se dio fe de un proceso regenerativo que apenas se avistaba. No se trata de vanguardismos ni corrientes posmodernistas, se trata de expectativas, de un listón bien alto que rompió la calma instaurada y pese a las contradicciones, se ha dilatado hasta una segunda, una tercera y una sexta vez.

Reza el refranero popular que segundas partes nunca fueron buenas. Pero ¿de qué segundas partes hablamos? De las que mediocremente suplen al dedillo los desaciertos del primer intento o las que se yerguen y retan la azarosa disyuntiva de replantearse fórmulas. En la metodología lógica con que se estudia un fenómeno en particular, deberían analizarse cada uno de los salones que se han sucedido y lo que ellos han significado tanto para visibilizar nuevas hornadas de creadores, para la promoción a escala nacional e internacional del arte cubano y para pautar un estado de la cuestión en el desenvolvimiento de nuestro discurso visual.  En cada oportunidad salen a la luz los signos más visibles de una época, la prédica en boga, la percepción canalizada, permeada por el criterio de unas cuantas voces, desde las que son asumidas posturas ende y allende a las muestras expositivas. Sintomáticamente las segundas partes se convierten en secuelas interminables, en discusiones imperecederas en las que se advierten puntos de contactos, constantes, modos de hacer, de organizar, de componer, pero quedan en ello, en discusiones.

La particularidad del II Salón de Arte Cubano Contemporáneo, fue que se pensó como el momento propicio para rectificar el error de premiar, para dejar de enjuiciar cuál obra era mejor a otra y renunciar a la exposición de basamentos sobre los que se sustentaran dichos criterios. Teniendo en cuenta toda la subjetividad con la que se opera en nuestros predios, fue un recurso fallido para “incentivar a la participación”. Nació despojada de las selecciones a posteriori y dio paso a la participación y la confluencia de verdades enjundiosas sin decantación alguna. Fue así como en el II Salón se produjo la transición del premio a la invitación. ¿Premiando así paradójicamente? Todo parece indicar que sí.

Una vez zanjada la cuestión de los lauros, nos encontramos con la problemática de los temas, de los tópicos unitarios, máxime que reduce las potencialidades y los niveles de lecturas a un fin en común: el argumento regente y que escindió la libertad con la que fueron asumidos los múltiples alegatos de la primera edición. Es posible que tal fallo tenga su cauce en el ejercicio curatorial; en la organicidad que constriñe, pero que sin dudas, enfoca y define un camino bastante descontaminado, si se quiere. Tomando como pretexto la ciudad, tropología de un estado común, que se tradujo en no pocas digresiones, echó a andar la maquinaria. Mapear la ciudad no pudo resultar más que gesto avasallador, Puedo referirme entonces a nombres concretos, como los de Kadir López, Juan Carlos Alom, Rocío García, José Ángel Toirac, Franklin Álvarez…, quienes pusieron de relieve nuevas operatorias, indujeron los sintagmas que condicionaban el decenio, la ironía desafiante pero silenciosa con que se incidía, la manipulación de los referentes y el doble sentido  que sobrevino con el  regreso a la techné, en su mayoría, actitudes asintomáticas que impidieron la muerte súbita del II Salón.

Si revisitamos la crítica del momento, se contraponen juicios sobre la calidad de este en órdenes tales como: propuesta museográfica, selección de participantes, cuestionamientos temáticos, pertinencia curatorial, etc…, pero la gran parte de ellas coincide en que la calidad factual de las piezas dejó mucho que desear, que el salón, como signo, fue propenso al atascamiento en la epidermis del asunto y que dentro del juego comparativo no se acercó a su precedente.

El Nuevo Milenio se trasmutaba en expectativas de toda índole. El III Salón se vaticinó como el plus ultra, la ocasión propicia para dinamitar el contexto de nuestro arte contemporáneo. Según apuntara Rufo Caballero en 1998: La odisea del 2001 será encontrar esos espacios y gestos motivadores que vitalicen una atracción hoy pálida, exánime. La institución-arte en Cuba- tiene que renunciar a su pasividad, a sus clises, a la ridícula exclusividad de las invitaciones, a toda esa retórica temática, para recolocarse al vórtice del arte que desea imantar.(5) En la recurrente cita, primó el abordaje desde los sentidos; se apostó por acercar al espectador desde experiencias sinestésicas que aventuraran por convertirlo en el fin último, en correlato de los procesos conflictuales anunciados en tres líneas: Sensación-Idea, Idea dibujada e Idea actuada.

La experimentación en estos campos, denotó una cierta incapacidad para aglutinar, para cohesionar sin hacer muros, una idea abstracta y convertirla en hecho. La relaciones entre el arte y la vida, la perentoriedad de lo cotidiano, la tan aludida estética del reciclaje, fueron tópicos abordados con el propósito, quizás, de expansionar el campo del arte, de sumarlo a otras muchas ciencias sociales que infieren sobre su desenvolvimiento indirectamente. La dilución de los límites, el metamorfoseo, pudo haber resultado eficaz toda vez que hubiese contado con la contraparte sustancial, una ausencia que también fue sentida.  Debo acotar, que todo no fue grisáceo, el nuevo arte cubano dio indicios de osadía que se constatan en las intervenciones del Colectivo ENEMA, Wilfredo Prieto, Raúl Cordero, Alexis Esquivel y otros que dieron luz a la escena.

El escenario del IV Salón trajo consigo un concepto a desplegar a lo largo y ancho de sus posesiones: la mutación; entendida como la válvula de escape de la fragmentación y la incertidumbre que podía distinguirse en el panorama visual. Para ello el grosso de los participantes apeló a la discontinuidad de enfoques anquilosados, tradujeron desde paradigmas reconocidos, un tipo de arte asentado en el imaginario y el buen ver de quienes califican una propuesta de acertada o no. La confluencia de unos pocos noveles creadores con los más legitimados, dio fe de un canje de signo que pretendía conjugar pasado con futuro, pero que se desvanecía ante las carencias de un tipo de gestión que no logró la retroalimentación entre los circuitos promocionales y la institución arte.  Por demás, el conglomerado de piezas estuvo ausente del rigor factual que debieron imponer los curadores. La retórica pasó de ser excepción a convertirse en regla y devino entre tantos, estigma del IV Salón.

En el año 2008, apenas a unos meses de concluir un vasto proceso de restauración y poco más de dos años de ausencia, el Centro de Desarrollo lanzaba el V Salón, esta vez, se priorizaron temas que incidían sobre la producción y el estatus del arte cubano: la formación de un tipo de mercado la fluctuación y las cuantías que suponía, así como los niveles de protagonismo alcanzado por el sistema de la enseñanza artística, se izaron como líneas sustanciales de la cita. El V Salón devino ente vivo, macroacción procesual en la que no podían definirse corrientes tangenciales, pues se apeló a la experimentación tan ensayada en ediciones anteriores y resultando estrategia coherente. Ahora sí se lograba otorgar mayor visibilidad a los artistas emergentes, sobresalen fácilmente nombres como los de Grethell Rasúa, Orestes Hernández, Abel Barreto, Alejandro Campins; no ausente la presencia de consagrados de la talla de José A. Toirac y Lázaro Saavedra. La interdisciplinariedad sobrevino exégesis de un escenario fracturado y propenso a manifestarse desde voces y posturas híbridas, que fueron canalizadas en piezas de corte procesual, instalaciones y una amplia variedad de productos audiovisuales. Grosso modo, el portento no fue del todo encontrado, pero superó con creces lo que hasta ahora se venía gestando.

Y llegó el Sexto…

El VI Salón está sucediendo por estos días; como una suerte de detalle impreciso y azaroso pareciera descubrir un fenómeno con implicaciones que van más allá de lo artístico, como debería ser. Una anomalía que se ha ido asentando en el decursar de los procesos sociales, eclosionando en el ámbito humano. Los nuevos registros informativos y la implementación de diversos canales de comunicación, devienen símbolos de una militancia que parece arrastrarnos a todos y sobre la que versa la muestra inaugural del VI Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Con una amplia nómina de cuarenta y un artistas, pertenecientes a varias generaciones, quedó inaugurado el pasado septiembre en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, la Fototeca de Cuba y el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam.

Luego de cinco encuentros en los que se han experimentado  todo tipo de aproximaciones hacia nuestro arte más actual, potenciando herramientas afines a la decodificación no ya de los salones como eventos en sí, signados por lo circunstancial y lo perentorio -sino como fenómenos cuestionadores, enfáticos- esta sexta entrega apuesta por la formulación y concreción de un conjunto de ideas curatoriales enfocadas en la interactividad comunicacional, en el proceso cognitivo de reconocer e incorporar información a la dialéctica de un pensamiento que se actualiza constantemente. El arte cubano no escapa al avance de las tecnologías llegadas a nuestro contexto por vías de dudosa confiabilidad –la mayoría de las veces-. La pluralidad de manifestaciones con que la muestra ha intentado denotar los procesos que por la izquierda tienen lugar en nuestro país, conceptos que se repiensan y se supeditan a la vorágine con que avanzan nuestros días, propician la convivencia de poéticas que miran desde y hacia el arte, a partir de investigaciones y vocaciones que redimensionan el tan conocido fenómeno, a escala global y regional.

La cultural del paquete semanal, la interactividad discursiva, la capacidad para generar y autogenerar estados de opinión, la transferencia de datos, el procesamiento informativo, la creatividad de autogestión…, son los síntomas que se aparecían en algunas de las piezas del V Salón. Tales son los casos de: Mi negocio, de Grethell Rasúa. Este tipo de obra perenne, que puede enriquecer se más y más, a medida que suma datos a su razón de ser, permea y otorga matices al su discurso muy anclada en lo social, en las diatribas de la sociedad cubana del siglo XXI. Enlace Compartido, de Néstor Siré, genera también un flujo informativo autosustentable, regenerativo, toda vez que circula en sí mismo y para los demás como un microprocesador de información, que toma de flujos externos a su propio estado. Muestra de Cine 3D, de Francisco Masó coquetea con un tipo de acción que formó parte de las nuevas iniciativas independientes gestadas en el país, el advenimiento de los cines 3D. Parafrasea visualmente el fin último de esta labor y pone a disposición de los espectadores, un cine que usualmente es poco consumido. Clásicos de todos los tiempos, se proyectan en cada una de las sesiones de cine, con las que su autor trata de sumergirse en los canales de comunicación que modulan los referentes más cercanos hacia un público medianamente formado en estas categorías.

Cautivar la atención hacia coyunturas que en comparación con otros espacios del orbe nos mantienen todo el tiempo en estado off-line, pudiera ser el matiz más atrayente de la propuesta en cuestión. ¿Cómo discursar sobre las posibilidades expresivas y expansivas del internet, en un país donde la banda ancha se erige quimera? Pues con la emergencia propia que nos ha llevado a reinventarnos y a compartir la filosofía de uno de los grandes de la arquitectura cuando aseveró que: menos es más. A la justa medida de una ocasión para dinamitar el contexto, es loable el ejercicio crítico y acuciante, que las piezas en su conjunto propiciaron. Aunque es difícil reconocer la legitimidad de enfoques, debido quizás, a la propia esencia de información contaminada con la que se ha trabajado. Parábolas, metonimias, sinécdoques…en fin, tropos que ejercieron marcada incidencia en la concepción de un contexto que juega con códigos de búsqueda generados por múltiples canales.

A grandes rasgos el VI Salón explora la alteridad, lo emergente, las facultades con que los artistas se apropian o generan información. Es en sí mismo un gesto procesual, inacabado, una paráfrasis que deconstruye axiomas y reverencia los nuevos predios que bautiza el arte contemporáneo.  Es una zona neutra en la que vale todo, una nebulosa que impone como metodología, la decodificación de caracteres.

Los Salones de Arte Cubano Contemporáneo han fungido como detonantes del pensamiento artístico más avezado; han encarnado los papeles de juez y parte que intercede y reforma. Han sido escenario, medidores, filtros de una sensibilidad que ha permeado nuestro contexto en los más insospechados órdenes; han tributado a la conformación de nuestro patrimonio visual, por tanto, las manchas no pueden impedir ver el sol, la luz, la clarividencia alcanzada a golpe de errores, de tropiezos. En la encrucijada de los tiempos se les ha de recordar-sin sarcasmos ni ironías- como la catapulta del arte cubano contemporáneo.

*Texto publicado originalmente en Revista Artecubano. No.4 de 2014, pp. 50-55.

(1) Rufo Caballero. Agua bendita, en Agua Bendita. Crítica de arte cubano 1987-2007. Artecubano Ediciones y Editorial Letras Cubanas, 2010, p.193.

 (2) Arte cubano en la encrucijada, en Catálogo IV Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales La Habana, enero – febrero 2005, p.12.

(3) El Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, institución subordinada al Consejo Nacional de las Artes Plásticas y al Ministerio de Cultura, fue creado en el año 1989, con el objetivo de promocionar el arte cubano contemporáneo a nivel nacional. Implementa desde entonces como metodología rectora, la investigación y evaluación del trabajo que se lleva a cabo en cada uno de los Centros Provinciales de Artes Plásticas de la nación. Desde 1995 y hasta la fecha, ha sido la sede principal de los Salones de Arte Cubano Contemporáneo.

 (4) Rufo Caballero. Una fiesta indescifrable. Catálogo del Primer Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. La Habana,  Noviembre, 1995– Enero, 1996, p.23

(5) Rufo Caballero. Hacer el amor consigo. Texto en formato digital. Tomado de El Caimán Barbudo. Año 32, Ed. 290, p.6.


 

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